Por qué no hay que perder el optimismo

Un estudio reciente halló que las personas más positivas tiene mayor probabilidad de vivir hasta los 85 años o más. Esta postura frente a la vida parece favorecer el buen descanso y la salud cardiovascular.

“La salud no lo es todo pero, sin ella, todo lo demás es nada”, dice la frase del filósofo alemán Arthur Schopenhauer, que en tiempos de gran incertidumbre como los que hoy nos toca vivir -una vez más- a los argentinos cobra un sentido especial. Más aún si se tienen en cuenta los resultados de un reciente estudio que concluyó que las personas con mayor optimismo son más propensas a vivir más y alcanzar “una longevidad excepcional”, es decir llegar a los 85 años o más.

“El optimismo hace referencia a una expectativa general de que pasarán cosas buenas o a creer que el futuro será favorable porque podemos controlar resultados importantes”, explican los investigadores de la Escuela de Medicina de la Universidad de Boston, del Centro Nacional para el Estrés Postraumático y de la Escuela Pública de Salud T.H. Chan de Harvard.

A pesar de que estudios anteriores han identificado múltiples factores de riesgo que incrementan la propensión a padecer enfermedades y muerte prematura, se sabe mucho menos sobre los factores psicosociales positivos que pueden promover un envejecimiento saludable.

Los autores del nuevo trabajo hallaron que las personas con mayor optimismo son más propensos a vivir durante más años y alcanzar una “longevidad excepcional”.

El estudio se basó en las respuestas a una encuesta que midió los niveles de optimismo de 69.700 mujeres y 1.400 hombres, y que también evaluó su salud general y los hábitos de vida tales como la dieta, el tabaquismo y el consumo de alcohol.

A las mujeres se les hizo un seguimiento de 10 años, mientras que en los hombres fue de 30.
Al comparar a los participantes, basándose en sus niveles iniciales de optimismo, los investigadores comprobaron que los hombres y mujeres más optimistas demostraron -en promedio- una expectativa de vida entre 11 y 15% mayor, y tuvieron entre 50 y 70% más probabilidades de llegar a los 85 años en comparación con los grupos menos optimistas.

“Este estudio tiene una fuerte relevancia para la salud pública porque sugiere que el optimismo es un activo psicosocial que tiene el potencial de prolongar la expectativa de vida humana. Lo interesante es que el optimismo se puede modificar mediante técnicas o terapias relativamente sencillas”, resaltó la doctora Lewina Lee, una de las autoras del trabajo y psicóloga de investigación clínica.

EXPLICACION

No obstante, aún no está claro cuál es el mecanismo por el que el optimismo ayuda a vivir más tiempo. “Otras investigaciones sugieren que las personas más optimistas pueden regular las emociones y conductas y alejarse de estresores y dificultades con mayor efectividad”, apuntó por su parte la doctora Laura Kubzansky, profesora de Ciencias Sociales y de Comportamiento en la Escuela de Salud Pública T.H. Chan.

Los investigadores también consideran que las personas más optimistas tienden a tener hábitos de vida más saludables, como realizar ejercicio físico y son menos propensas a fumar, lo cual puede contribuir a una mayor expectativa de vida.

“Investigar la razón por la cual el optimismo es tan importante aún está pendiente, pero el vínculo entre salud y optimismo se hace cada vez más evidente”, enfatizó otro de los autores del trabajo, el profesor de Epidemiología Fran Grodstein.

“Nuestro estudio contribuye al conocimiento científico sobre los activos de la salud que pueden proteger contra el riesgo de mortalidad y promover un envejecimiento resiliente. Esperamos que nuestros hallazgos inspiren futuras investigaciones o intervenciones que promuevan factores de salud capaces de mejorar la salud pública con el envejecimiento”, finalizó Lee.

SOÑAR TRANQUILOS

Una investigación previa, publicada a comienzos de este mes en la revista “Behavioral Medicine”, relacionó el optimismo con una mejor calidad del sueño.

En concreto, el estudio de la Universidad de Illinois -en el que participaron más de 3.500 personas de entre 32 y 51 años- halló que aquellas más optimistas tienden a dormir mejor.

“Los resultados de este trabajo revelaron asociaciones significativas entre el optimismo y varias características autopercibidas del sueño”, resaltó la autora de la investigación Rosalba Hernandez, profesora de Trabajo Social en la Universidad de Illinois.

Los niveles de optimismo de los participantes se midieron mediante una encuesta con 10 preguntas que les pedían que puntúen en una escala del 1 al 5 cuán de acuerdo estaban con afirmaciones positivas tales como “Soy siempre optimista sobre mi futuro” y con frases negativas como “Casi nunca espero que las cosas salgan como quiero”.

Las puntuaciones obtenidas a partir de la encuesta fueron de 6 -los menos optimistas- a 30 -los más optimistas-. Los participantes también respondieron sobre su sueño en dos oportunidades, con cinco años de diferencia, puntuando su calidad general y duración del sueño durante el mes previo a la encuesta.
La encuesta evaluó además los síntomas de insomnio, la dificultad para conciliar el sueño y el número de horas que lograban dormir cada noche.

Un grupo de los participantes usó en dos oportunidades -separadas por un lapso de un año) monitores de la actividad durante tres días consecutivos -dos días de semana y uno de fin de semana-.

Esos monitores permitieron recabar datos sobre la duración del sueño, el porcentaje de tiempo dormidos y la agitación mientras se dormía.

Los autores hallaron que con cada aumento de la desviación estándar (la distancia típica entre puntos de datos) del puntaje de optimismo de los participante, se tuvo un 78% mayor probabilidad de registrar una muy buena calidad del sueño.

Del mismo modo, las personas con mayores niveles de optimismo fueron más proclives a reportar que dormían adecuadamente, entre seis y nueve horas por noche. Asimismo, fueron 74% más propensas a no tener síntomas de insomnio y reportaron menos somnolencia diurna.

“La falta de sueño saludable es una preocupación de salud pública, dado que la baja calidad del sueño está asociada con múltiples problemas de salud, incluyendo mayor riesgo de obesidad, hipertensión y mortalidad por todas las causas”, sentenció Hernandez.

“Una disposición optimista -es decir, la creencia de que ocurrirán cosas positivas en el futuro- se presenta como un activo psicológico de particular relevancia para la supervivencia libre de enfermedades y una mejor salud”, insistió la investigadora.

Si bien se halló una asociación significativa y positiva entre el optimismo y una mejor calidad del sueño, Hernandez sugirió que los resultados deben ser interpretados con precaución. En ese sentido, los científicos tienen la hipótesis de que la positividad puede amortiguar los efectos del estrés y promover una respuesta adaptativa que permite a los optimistas descansar con mayor tranquilidad.

“Los optimistas son más propensos a involucrarse en la resolución activa enfocada en el problema e interpretar los eventos estresantes de formas más positivas, reduciendo así la preocupación y los pensamientos contraproducentes cuando se están quedando dormidos y a lo largo del ciclo del sueño”, resumió Hernandez.

CORAZONES FELICES

Los hallazgos de Hernandez respaldan los de un estudio anterior en el que la investigadora y sus colegas encontraron que los optimistas de entre 45 y 84 años tienen el doble de chances de tener una salud cardiovascular ideal.

En esa misma línea, otro trabajo publicado en septiembre del año pasado en “Journal of the American College of Cardiology” señaló que mantener pensamientos y sentimientos positivos mediante programas de intervención puede ayudar a los pacientes a alcanzar mejores resultados en términos de salud cardiovascular.

“Hemos investigado cómo el entorno social, el bienestar psicológico y la efectividad de estrategias de intervención pueden ayudar a fortalecer el estado de los pacientes”, afirmó el doctor Darwin R. Labarthe, profesor de Medicina Preventiva de la Escuela de Medicina Feinberg de la Universidad de Northwestern.
“Nos centramos en averiguar si el bienestar psicológico puede ser vinculado de manera consistente con un menor riesgo de enfermedad cardíaca”, detalló el investigador.

El informe define la salud cardiovascular en dos aspectos: las conductas saludables (alimentación sana, actividad física, en no fumar y el índice de masa corporal) y los factores de salud (niveles de presión arterial, colesterol total y glucosa adecuados).

Los autores repasaron gran cantidad de investigaciones previas para evaluar si el bienestar psicológico puede conducir a una menor riesgo cardiovascular. Estudios prospectivos han demostrado un vínculo positivo entre optimismo y enfermedad cardiovascular, incluyendo un estudio de 2017 que mostró que las mujeres mayores con más alto optimismo tenían un 38% menos riesgo de mortalidad por causa cardiovascular. Otros estudios desde 2012 han asociado una mayor percepción de un propósito de vida con menores chances de sufrir un accidente cerebrovascular (ACV).

Al analizar los cuatro componentes de conducta de salud, los pacientes más optimistas fueron menos propensos a ser fumadores 12 meses después, y tenían mayores niveles de bienestar psicológico asociado con la práctica regular de actividad física. Los pacientes optimistas mantuvieron además dietas más saludables, al consumir más frutas y verduras y menos carnes procesadas y dulces, lo que llevó a que tuvieran un índice de masa corporal saludable.

Los autores del trabajo hallaron que el bienestar psicológico influyó sobre la salud cardiovascular a través de procesos biológicos, conductas de salud y recursos psicosociales para enfrentar los problemas.

Por:

Agustina Sucri
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Ventana Fueguina

Una Mirada a Tierra del fuego

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