Manuel Belgrano, el agónico y solitario final de un hombre al que la Historia convirtió en prócer

Creó la bandera, fue clave en Revolución de Mayo, ideó la épica del Exodo Jujeño, triunfó en Salta y Tucumán y promovió la agricultura, el comercio y la educación. Pero también su nombre está asociado a la fallida campaña al Paraguay, a Vilcapugio y Ayohuma y a sus intentos de entronizar un rey inca. Fue, además, un hombre de amores apasionados, que terminó sus días pobre y casi olvidado.

“Se vio abandonado de todos el general Belgrano, nadie lo visitaba, todos se retraían a hacerlo”, se lamentaba José Celedonio Balbín, tal vez uno de los pocos amigos que le quedaban, de los pocos que no le dieron la espalda en esa larga agonía de indiferencia y enfermedad.

Fue Balbín quien le prestó los 2000 pesos que necesitaba, y que compañeros de antaño le habían negado, para que pudiese regresar a Buenos Aires, donde había decidido morir. El general lo tranquilizó, asegurándole que se lo devolvería luego que cobrase los 18 sueldos que el gobierno le adeudaba. Solo le mandarían 300 pesos.

En febrero de 1820, emprendió su viaje a Buenos Aires desde Tucumán. En esa provincia tenía intención de encontrarse con María Dolores Helguero y Liendo, madre de su hija, Manuela Mónica del Corazón de Jesús. Pero muchas cosas habían pasado en el medio.

Se habían conocido en una de las tantas fiestas que se celebraron en esa provincia cuando se declaró la independencia. A mediados de 1818 Dolores quedó embarazada, pero el general no dio señales de formalizar la relación. Mientras Manuel Belgrano se encontraba con su ejército en Santa Fe, los padres de la muchacha la casaron con Manuel Rivas, con quien se fue a vivir a Catamarca. Y con ellos fue su pequeña hija Manuela Mónica, que había nacido el 4 de mayo. Con el tiempo, Rivas las abandonaría, viajando a Bolivia para no volver más.

No fue el primer romance del general. Había tenido antes otro hijo con María Josefa Ezcurra, con quien había comenzado a noviar antes de la Revolución de Mayo. Cuando el padre de la muchacha se enteró, sin dudarlo llamó a un primo de España, con el que la casó. Luego de mayo de 1810 el hombre, ciento por ciento español, se volvió a su país, dejando a Josefa sola.

Ella no lo dudó. Viajó al norte donde se encontró con Belgrano. Embarazada, se dice que para ocultar su estado, se recluyó en una estancia de Santa Fe donde dio a luz a un varón, Pedro Pablo en julio de 1813. Adoptado por su cuñado Juan Manuel de Rosas, el chico, cuando se enteró de quien era su padre, pidió llevar también el apellido Belgrano.

Cuando Belgrano se encontraba en Tucumán, postrado, en la noche del 11 de noviembre de 1819 fue detenido por el capitán Abraham González, quien había sublevado una guarnición. Quiso engrillarle las piernas ya deformadas por la hidropesía que sufría, pero la oportuna intervención de su médico Joseph Redhead, lo impidió. Era tiempo de partir hacia Buenos Aires.

El principio

Tenía 49 años. Había nacido en Buenos Aires el 3 de junio de 1770. Era hijo de un pudiente comerciante genovés, Domingo Belgrano Peri y de la porteña María Josefa González Casero. Gracias a la fortuna familiar, el joven Manuel pudo estudiar en las universidades de Salamanca y Valladolid, donde se recibió de abogado en 1793.

Su primer empleo fue como primer secretario del Consulado. Desde allí, se había propuesto el fomento de la agricultura y del comercio. Echó mano al recurso de los premios, para animar a labradores a mejorar sus cultivos, a plantar árboles, o hasta el control de los perros cimarrones, entre otras cuestiones. Se imagina un país con escuelas, no solo de primeras letras, sino de matemáticas, de náutica, de oficios, en un vasto programa de educación pública.

“No hay objeto más digno de la atención del hombre que la felicidad de sus semejantes”, señaló. Las escuelas incluían a las niñas, “para separarlas de la ociosidad, tan perjudicial, o más, en las mujeres que en los hombres”.

Cuatro años más tarde, durante las invasiones inglesas, se incorporó a las milicias criollas en una compañía de caballería; llegaría a sargento mayor del flamante Regimiento de Patricios.

Al final de la convulsionada semana de Mayo lo encontró como vocal de la flamantePrimera Junta de Gobierno, luego de una activa participación en esos días. Había tenido antes un fracaso político cuando, junto a su primo Juan José Castelli, Hipólito Vieytes y otros habían tentado a Carlota Joaquina de Borbón, hermana de Fernando VIIa instituirse como regente del virreinato, en momentos en que Napoleón Bonaparte se había apoderado de España. Carlota, rodeada de su corte en Río de Janeiro, finalmente descartó la propuesta.

Sin experiencia militar, se le encomendó la expedición al Paraguay, Litoral y Banda Oriental, con dos centenares de soldados entresacados de otros cuerpos.Fundó los pueblos de Curuzú Cuatiá y Mandisoví. Luego de un triunfo militar, fue derrotado en Paraguarí y Tacuarí. El desplazamiento de los morenistas del gobierno tal vez influyó a que fuera juzgado, aunque terminaría sobreseído.

De vuelta en Buenos Aires, fue designado jefe del Regimiento de Patricios. Fue muy resistido entre la tropa, muy fiel a su antiguo comandante, Cornelio Saavedra. En el fondo, subsistía esa puja entre morenistas y saavedristas. En ese enfrentamiento había que buscar las razones del famoso “motín de las trenzas”.

Más tarde, fue enviado a custodiar las costas del Paraná por posibles desembarcos de españoles que se habían hecho fuerte en la vecina Montevideo. Entonces, recibió el visto bueno cuando se le ocurrió diseñar una escarapela que identificase a sus soldados. Sería de “color blanco y azul celeste”.

Pero el Triunvirato puso el grito en el cielo cuando el 27 de febrero se enarboló por primera vez la bandera argentina. Le había escrito al gobierno que “siendo preciso enarbolar bandera, y no teniéndola, mandéla hacer blanca y celeste, conforme a los colores de la escarapela nacional. Espero que sea de la aprobación de V.E….”. Entonces tuvo que guardarla -“haga pasar como un rasgo de entusiasmo el suceso de la bandera blanca y celeste enarbolada, ocultándola disimuladamente”- le escribió entonces Bernardino Rivadavia.

Don Manuel no las tuvo sencillas. Luego de la derrota de Huaqui, debió hacerse cargo del desmoralizado y mal equipado Ejército del Norte. Algo debió tener para organizar el famoso éxodo jujeño, en agosto de 1812, para dejarle al invasor español solo tierra arrasada. Y también algo de mediana locura para desobedecer al gobierno que le ordenaba bajar a Córdoba.

Belgrano había decidido no dejarle servido a los realistas todo el norte. Los derrotaría en Tucumán, el 24 de septiembre de 1812 y en Salta en 20 de febrero del año siguiente. Sin embargo, luego que en un mes y medio fuera derrotado enVilcapugio y Ayohuma, José de San Martín lo relevaría.

El 6 de julio de 1816, en sesión secreta en el Congreso de Tucumán, les relató a los congresistas sus impresiones del viaje a Europa que había emprendido con Bernardino Rivadavia. En el Viejo Continente, derrotado Napoleón, volvían a“monarquizarlo todo”, tal cual escribió. Se mostró partidario de una monarquía constitucional, coronando a un rey inca.

“Ya nuestros padres del congreso han resuelto revivir y reivindicar la sangre de nuestros Incas para que nos gobierne. Yo, yo mismo he oído a los padres de nuestra patria reunidos, hablar y resolver rebosando de alegría, que pondrían de nuestro rey a los hijos de nuestros Incas”, dijo. Las discusiones entre los congresistas sobre la forma de gobierno a adoptar fueron largas y el proyecto de un monarca indígena quedó solo en una idea.

Como premio por los triunfos de Tucumán y Salta, la Asamblea del Año XIII le entregó 40.000 pesos, una verdadera fortuna. Belgrano dispuso destinarlos a escuelas públicas que debían construirse en Tarija, Jujuy, Tucumán y Santiago del Estero. Tan estusiasmado estaba que redactó un reglamento para su funcionamiento destacando, entre varios artículos, la labor del maestro, a tal punto que debía honrárselo en posiciones de privilegio en ceremonias oficiales, “reputándosele por un Padre de la Patria”.

El final

Sufría de hidropesía, de problemas cardíacos y de riñones. En febrero se puso en marcha hacia Buenos Aires, acompañado de su médico y de un par de ayudantes. Llegó a Buenos Aires en marzo de 1820 y se estableció en la casa paterna, donde había nacido.

Estuvo rodeado por sus hermanos y por su médico, a quien le obsequió el único bien que le quedaba: un reloj de bolsillo de oro y esmalte, con cadena de cuatro eslabones con pasador, con el monograma Belgrano grabado. Había sido un obsequio del rey Jorge III de Inglaterra.

Murió a las 7 de la mañana del 20 de junio de 1820 en una Buenos Aires anárquica y asolada por la guerra civil que llegó a tener ese día tres gobernadores distintos: Ildefonso Ramos Mejía, Estanislao Soler y el Cabildo. Solo los que cinco días después leyeron el Despertador Teofilantrópico Místico Político del Padre Francisco de Paula Castañeda, se enteraron de su muerte. Tan desaparecibida pasó que el gobierno, cuando consideró que el ambiente político estaba un poco más tranquilo, ofició el 29 de julio de 1821 los funerales que habría merecido entonces.

Fue enterrado en el convento de Santo Domingo, con los hábitos de esa orden, según dispuso, y se usó el mármol de la cómoda de su madre para la lápida.

En 1902 exhumaron sus huesos para colocarlos en el monumento donde actualmente descansan.

Dos ministros enviados por el presidente Julio A. Roca dieron la nota: Joaquín V. González y Pablo Riccheri, del Interior y de Guerra, se habían llevado dientes del prócer“Para mostrárselos a Mitre”, se disculparon al devolverlos. “Que devuelvan esos dientes al patriota que menos comió en su gloriosa vida con los dineros de la Nación”, reclamó el diario La Prensa.

En cuanto al dinero donado para la construcción de escuelas, la de Tarija se inauguró en 1974; la de Tucumán en 1998 y la de Jujuy en 2004. No hay datos de la de Santiago del Estero.

Y del famoso reloj, que había sido donado al Museo Histórico Nacional en 1901 por Carlos Vega Belgrano, sería robado en julio de 2007.

En octubre de 1810, en carta a Moreno, escribió: “Todo se resiente de los vicios del antiguo sistema, y como en él era condición sine qua non el robar, todavía quieren continuar. Es de necesidad que se abran mucho los ojos en todos los ramos de la administración y se persiga a los pícaros por todas partes, porque de otro modo, nada nos bastará”. Entonces, se refería a los españoles y sus prácticas de contrabando. Aunque puede adaptarse a varios momentos de nuestra historia.

Por Adrián Pignatelli

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